lunes, 12 de julio de 2010

Lágrimas de fútbol

No sé por dónde empezar. Indescriptible.

Uno de mis primeros recuerdos futbolísticos fue la derrota contra Bélgica en penaltis en 1986. Desde entonces, cada Mundial, una nueva ilusión y la misma derrota. Ayer, volví a llorar, como cuando era un niño, sólo que esta vez mamá no tenía que mandarme a mi cuarto para que me tranquilizara.

¡El gol! Creo que lo metimos todos. Dejamos unas décimas de segundo que el balón bajara (parecía que no caería nunca después del control). Nos apoyamos en la pierna izquierda, arqueamos el cuerpo para que balón no se fuera arriba... y con el alma, porque ya no teníamos fuerzas, la reventamos. ¡Qué gol! ¡Qué alegría ganar así, creyendo hasta el último minuto! Me quería subir por una barandilla. Siempre quiero subir más alto, para gritar, para correr, para abrazarme con alguien arriba. No sabía qué hacer. ¿Dónde estaba Carmen (se había ido a la última fila por los nervios)? ¿Y papá? Voy a llamar. No, mejor esperar que da mala suerte celebrar antes de tiempo. ¿Cuánto queda? ¿3 minutos? Ya casi, ya casi...

Después, la emoción de la victoria. Saltos. Teléfonos que comunican. Conversación con los papás. Besos a Carmen...

Los aficionados al fútbol sufrimos las derrotas casi más que nos alegramos por las victorias. El trauma de Bélgica y los penaltis; Yugoslavia y la cabeza de Míchel; Salinas y el codazo de Tassoti; Nigeria y Zubi; el árbitro y Corea; la Francia de Zizou... Esta vez no será así. Voy a leerlo todo, a recordarlo todo. Papá, compra Marca, As, todo. Yo compraré periódicos viets. Celebramos juntos: tú, rojo, contra el sofá; yo, con la vena a punto de explotar, escalando para gritar más alto.

Vuelvo a llorar de fútbol mientras veo repetido el gol:

jueves, 1 de julio de 2010

Niño bueno, niño malo

El niño bueno espera a que sus padres le digan qué puede hacer. No necesita muchas normas, porque, en general, no busca los límites. Pregunta siempre antes de actuar y se asegura de que su padre o su jefe estén de acuerdo. Eso sí, cuando eso ocurre, actúan sin dudarlo. A veces, parecen ser niños durante toda la vida.

El niño malo actúa a menos que su padre o su madre se lo prohiba. Necesita una lista interminable de reglas. Busca los límites de esas reglas. El jefe y el padre se las ven y se las desean para controlarles, para asegurarse de que estudian, de que cumplen... pero, a veces, les sorprenden con su iniciativa.

Los vietnamitas son niños buenos, que no necesitan prohibiciones. Se rigen con una lista de las cosas que SÍ pueden hacer. Lo que queda fuera, no se hace.

Los occidentales somos niños malos, siempre dispuestos a romper las normas, a buscarles las contradicciones. Nos movemos con una lista de las cosas que NO podemos hacer. Lo que no está prohibido, está permitido.

[Reflexión de una pareja occidental-vietnamita. Han vivido en Inglaterra, Estados Unidos y Vietnam.]

viernes, 25 de junio de 2010

¿Cuándo dejamos de llorar?

Leyendo los Tres Reinos me sorprendió la cantidad de personajes masculinos que lloran por diferentes razones: rabia, la muerte de un amigo, vergüenza, alegría o injusticias. Incluso llegué a pensar que los chinos eran muy sensibles, porque lloraban continuamente o amenazaban con quitarse la vida o golpear el suelo con la cabeza. Y, entonces, recordé que en La Ilíada tuve la misma sensación. Lloran todos: Agamenón, Menelao, Patroclo e, incluso, el héroe Aquiles. Homero nos transmite sin reparos el dolor y la tristeza de Aquiles ante la muerte de su amigo Patroclo:

El Pélida, poniendo sus manos homicidas sobre el pecho del amigo, dio comienzo a las sentidas lamentaciones, mezcladas con frecuentes sollozos. Como el melenudo león a quien un cazador ha quitado los cachorros en la poblada selva, cuando vuelve a su madriguera se aflige y, poseído de vehemente cólera, recorre los valles en busca de aquel hombre, de igual modo, y despidiendo profundos suspiros...

Si antiguamente los hombres lloraban sin avergonzarse, ¿por qué ahora no nos lo permitimos? ¿Cuándo nos convencimos de que llorar es una debilidad? ¿Acaso hoy no nos quedan motivos?

martes, 22 de junio de 2010

Los hombres nos volvemos locos con el fútbol

Thành me contaba ayer que los hombres de su vecindario no paran de increpar al gobierno por los continuos cortes de luz. En pleno verano, con las temperaturas disparadas, los aires acondicionados a tope y la generación bajo mínimos, el sistema eléctrico de Ha Noi se colapsa un día sí y el siguiente también. Me contaba, compungida, que algunas vecinas no consiguen que sus bebés duerman o dejen de llorar en toda la noche por el calor.

Sorprendido por la repentina beligerancia de los vietnamitas, le pregunté que por qué estaban tan enfadados con el gobierno.

Thành me respondió, casi sorprendida por mi pregunta: "Están enfadadísimos porque no pueden ver los partidos del Mundial".

Vosotros también...

jueves, 17 de junio de 2010

¿Cómo ven el mundo los chinos?

Estas frases extraídas del libro The Cambridge Illustrated History of China ilustra algunas diferencias de pensamiento y concepción del mundo entre el pensamiento occidental y el chino. Al mismo tiempo que los filósofos griegos construían las bases de nuestra concepción del mundo, los confucianos, legalistas y taoístas chinos hacían lo propio.

- En China asumen que el Universo se creó a sí mismo, sin la intervención de un creador, casi siempre presente en el pensamiento occidental.
- En lugar de centrarse en las causas y los efectos, los filósofos chinos se centran en las conexiones y relaciones entre las diferentes partes.
- Dado que asumen que el cosmos es un todo, los filósofos chinos no explican el mundo usando términos opuestos y excluyentes -vida y muerte; pensamiento y cuerpo; natural y sobrenatural-, sino a través de polaridades complementarias, entre la que destaca el yin y el yang.
- Los filósofos chinos aceptan que la familia es un bien natural, mientras que para la cultura griega la familia se queda en el espacio privado y no se convierte en el centro de la vida social. Los chinos asumen que la familia es el modelo de orden social y político. De ahí su preferencia por un gobernante autoritario, que asume que la obediencia y la jerarquía son tan importantes como dentro de la familia.
- Los pensadores chinos no respetan especialmente las leyes, que no se consideraban como inviolables o nobles. Más importante, no creen que las normas y leyes estén por encima del gobernante.
- Por último, en contraste con otras filosofías orientales, los chinos creen que la vida en este mundo puede mejorar. Esta idea, compartida con el pensamiento occidental, puede explicar el afán de la sociedad china por mirar atrás para mejorar el presente y el futuro.

miércoles, 16 de junio de 2010

67 grados, ¡Ối Giời Ơi!

Todo es relativo. En España no hace calor, simplemente calienta un poco el sol. Ni siquiera en Managua hace calor. Ahí el sol aprieta. Lo de Hanoi, ¡esto sí es calor! Hoy tenemos una sensación térmica de 52 grados. Mañana viernes alcanzaremos el máximo del mes: ¡67 grados! No os podéis imaginar cómo se siente uno. Ni siquiera cuando vas en la moto te alivia el aire. Notas que el sol te quema los brazos. El cuerpo se siente apaleado y el cerebro no responde. Intentaré escribir algo más interesante cuando bajen las temperaturas un poquito y sólo estemos a 40 grados.

Ối Giời Ơi es una expresión vietnamita que podría traducirse por ¡Dios mío! La emplean continuamente.