martes, 27 de julio de 2010

Una semana para recordar la guerra de Vietnam

El 30 de abril de 2010 se celebró el 35º aniversario de la caída de Saigón. Seguramente ningún americano sospechaba entonces que el 24 de julio de 2010 su Secretaria de Estado daría un discurso dando apoyo tácito a Vietnam en su principal contencioso territorial internacional: el reparto de las islas del Sur de Asia con China (puede que tenga algo que ver con probables bolsas de petróleo en esa zona). Como era de esperar, a China no le ha hecho ninguna gracia que Vietnam logre convertir un conflicto bilateral en multilateral. Hoy, el enemigo comunista parece ser un aliado...

Esta semana, varios periódicos publicaron filtraciones sobre la Guerra de Afganistán que recuerdan lo ocurrido hace más de cuarenta años, cuando Daniel Ellsberg filtró documentos que probaban que diferentes administraciones de EE.UU. habían mentido a la opinión pública y al Congreso para justificar la guerra con Vietnam. ¿Se repetirá la historia?

[Estas semanas creo que podéis ver un documental sobre el caso de Daniel Ellsberg en los cines]

martes, 20 de julio de 2010

Paco Martínez Soria o el diplomático vietnamita

Aunque parezca una broma, un alto funcionario del gobierno les pasó las siguientes instrucciones a los miembros de la delegación vietnamita antes de un viaje oficial:

- Compren ropa nueva y no lleven las camisas de todos los días, que están muy desgastadas.

- No laven la ropa en la habitación del hotel y, menos aún, traten de secarla sobre las bombillas. Recuerden que en el último viaje provocamos un pequeño incendio por un calcetín tostado.

- No cocinen los noodles en la habitación ya que luego huele a comida viet por todo el hotel.

[A pesar de las recomendaciones, los funcionarios llevan un cargamento de noodles y utensilios de cocina para prepararse sus pho y sus my xao].

lunes, 12 de julio de 2010

Lágrimas de fútbol

No sé por dónde empezar. Indescriptible.

Uno de mis primeros recuerdos futbolísticos fue la derrota contra Bélgica en penaltis en 1986. Desde entonces, cada Mundial, una nueva ilusión y la misma derrota. Ayer, volví a llorar, como cuando era un niño, sólo que esta vez mamá no tenía que mandarme a mi cuarto para que me tranquilizara.

¡El gol! Creo que lo metimos todos. Dejamos unas décimas de segundo que el balón bajara (parecía que no caería nunca después del control). Nos apoyamos en la pierna izquierda, arqueamos el cuerpo para que balón no se fuera arriba... y con el alma, porque ya no teníamos fuerzas, la reventamos. ¡Qué gol! ¡Qué alegría ganar así, creyendo hasta el último minuto! Me quería subir por una barandilla. Siempre quiero subir más alto, para gritar, para correr, para abrazarme con alguien arriba. No sabía qué hacer. ¿Dónde estaba Carmen (se había ido a la última fila por los nervios)? ¿Y papá? Voy a llamar. No, mejor esperar que da mala suerte celebrar antes de tiempo. ¿Cuánto queda? ¿3 minutos? Ya casi, ya casi...

Después, la emoción de la victoria. Saltos. Teléfonos que comunican. Conversación con los papás. Besos a Carmen...

Los aficionados al fútbol sufrimos las derrotas casi más que nos alegramos por las victorias. El trauma de Bélgica y los penaltis; Yugoslavia y la cabeza de Míchel; Salinas y el codazo de Tassoti; Nigeria y Zubi; el árbitro y Corea; la Francia de Zizou... Esta vez no será así. Voy a leerlo todo, a recordarlo todo. Papá, compra Marca, As, todo. Yo compraré periódicos viets. Celebramos juntos: tú, rojo, contra el sofá; yo, con la vena a punto de explotar, escalando para gritar más alto.

Vuelvo a llorar de fútbol mientras veo repetido el gol:

jueves, 1 de julio de 2010

Niño bueno, niño malo

El niño bueno espera a que sus padres le digan qué puede hacer. No necesita muchas normas, porque, en general, no busca los límites. Pregunta siempre antes de actuar y se asegura de que su padre o su jefe estén de acuerdo. Eso sí, cuando eso ocurre, actúan sin dudarlo. A veces, parecen ser niños durante toda la vida.

El niño malo actúa a menos que su padre o su madre se lo prohiba. Necesita una lista interminable de reglas. Busca los límites de esas reglas. El jefe y el padre se las ven y se las desean para controlarles, para asegurarse de que estudian, de que cumplen... pero, a veces, les sorprenden con su iniciativa.

Los vietnamitas son niños buenos, que no necesitan prohibiciones. Se rigen con una lista de las cosas que SÍ pueden hacer. Lo que queda fuera, no se hace.

Los occidentales somos niños malos, siempre dispuestos a romper las normas, a buscarles las contradicciones. Nos movemos con una lista de las cosas que NO podemos hacer. Lo que no está prohibido, está permitido.

[Reflexión de una pareja occidental-vietnamita. Han vivido en Inglaterra, Estados Unidos y Vietnam.]